Lugar de paz donde reposan las cenizas de aquellas personas que donaron su cuerpo a la medicina y a la ciencia. Ellos hicieron posible que la muerte se recreará ayudando a la vida.

Respeten este lugar”. Este es el mensaje que trasmite al mundo la Universidad del País Vasco en una sencilla placa que identifica en euskera, castellano e inglés el “Bosque de la Vida”.

Ubicación: en el arboretum, junto al pantano de Lertutxe, dentro del Campus de Leioa
Objetivo: resguardar las cenizas de los donantes que llegan su cuerpo a la investigación científica.
Abierto Siempre: un lugar que a diferencia de un edificio nunca esté cerrado (física, visual o conceptualmente), donde no existan caminos, ni puertas, ni orden, ni números, ni límites… ese lugar es un Bosque.

La UPV/EHU decidió convocar en el año 2000 un concurso para la construcción, dentro del Campus de Leioa, de un espacio destinado a resguardar las cenizas de los donantes que llegan su cuerpo a la investigación científica.

La iniciativa, que se materializó el 24 de septiembre de 2003, se convirtió en un ejemplo para el resto del Estado al ser la primera universidad española, y una de las pocas del mundo, con un recinto exclusivo para albergar las cenizas de los donantes de cuerpos para su uso por la ciencia que recibía.

La principal representación del “Bosque de la Vida” es una gran instalación artítica que consta de veinte árboles de acero cortén, para cuya disposición se siguió imaginariamente el dibujo de unas manos realizadas por Eduardo Chillida en 1985. Cada uno de los árboles tiene entre 14 y 18 metros de altura y 45 centímetros de diámetro y se compone de tres partes: el tronco cada uno similar, pero diferente del resto, en cuya parte inferior se sitúa el urnario propiamente dicho, con ocho repisas dispuestas verticalmente que se protegen con una puerta mimetizada  (cada árbol puede contener 16 urnas; la copa, formada por un conjunto de elementos tubulares de acero inoxidable de 2 cm de diámetro, es el elemento dinámico del Bosque, un tejido espacial que confi gura una suerte de cubierta sugerida o, mejor aún, un artefacto sonoro suspendido; y el alcorque, que es de acero cortén y lleva grabado el número de identificación del árbol.

En el centro del bosque se alza un olivo milenario que representa la temporalidad del lugar. Este olivo, plantado hace más de 2.000 años por los romanos en la antigua provincia de Tarraconensis, fue adquirido con la aportación del personal docente y administrativo de la Facultad de Medicina y Odontología. Otro simbolo. Junto al olivo, se colocó un banco para recordar a la barca que, tanto en la obra de Dante como en la mitología clásica, es el vehículo para el último viaje. Su principal creador e impulsor fue el catedrático de Anatomía Francisco Doñate.

La idea surgió hace más de treinta años cuando el Departamento de Neurociencias de la Universidad solicitó a las autoridades académicas la construcción de un pequeño recinto donde depositar las cenizas de los donantes de cuerpos de la Facultad de Medicina.

Años más tarde, el entonces Rector de la Universidad del País Vasco, Pello Salaburu propuso a la Junta de Gobierno una dotación de 25 millones de pesetas para construir un panteón para los donantes. Dada la importancia de la dotación presupuestaria, se tomo la decisión de realizar un concurso de ideas entre artistas y profesionales de la arquitectura para la realización de dicho proyecto.

Todas las ideas se recopilaron en una monografía publicada bajo el título: “Un lugar para la solidaridad” (BI- 115- 01) que, en su momento fue considerado por Doñate como “posiblemente, el más importante ejemplo de arte funerario moderno que hay actualmente en el mundo. Intentamos enviar un mensaje en positivo de la muerte. Entendemos que la muerte no es el final de la vida y tenemos muchos ejemplos para demostrarlo. Está el caso del donante de órganos que es capaz de hacer continuar la vida en varias personas más. El donante es una persona generosa, solidaria y valiente que da prevalencia a la vida frente a la muerte. La muerte es el acto que pone fin a la vida, como el nacimiento supuso su inicio, pero no siempre la muerte supone la aniquilación de la vida. La persona que dona su corazón permite que otra persona pueda seguir viviendo. Así, la muerte del donante es causa de vida. Hace posible la formación de los futuros médicos cuya misión será luchar contra el dolor, la enfermedad y la muerte, posiblemente de los hijos y nietos del donante. También aquí la muerte es causa de vida… por eso hemos llamado a este bosque el Bosque de la Vida”

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