Ana estaba algo nerviosa. Viajaba junto a sus padres en coche hacia una nueva vida. Por motivos de trabajo, a su padre, lo habían trasladado a otra ciudad.
Ana tenía la difícil tarea de hacer amigos en su nuevo colegio, y eso la hacía sentir muy incómoda porque era tímida y le costaba un montón hacer amigos.

Mirando a través de la ventana se preguntaba si en ese nuevo colegio tendría que contestar a las mil preguntas curiosas sobre sus implantes.

Observando su reflejo en la ventanilla, supo que si. No era nada malo y se propuso explicar pacientemente a sus compañeros la razón de porqué llevaba unos raros aparatos colgando de su cabeza y apoyados en sus orejas, que la permitían oir el mundo que la rodeaba. Aunque muchas veces también renegaba de ellos, porque algunas veces le hacían sentir diferente y otras porque no podía desenvolverse tan bien como el resto, con una simple conversación.

El viaje se le estaba haciendo largo y pesado, pero cuando llegaron, la estampa de su nuevo barrio no la defraudó.

Mientras su padre y los chicos del camión de mudanzas se apresuraban a descargar las cosas, Ana y su madre aprovecharon para dar una pequeña vuelta  y así conocer el barrio. Era un lugar tranquilo y agradable donde reinaba el silencio. Había muchos parques y jardines, y se sentaron en un banco a la sombra de un gran árbol, para tomar un refrescante helado.

El padre de Ana las avisó de que todas las cajas ya estaban en casa, y por fin entraron en su nuevo hogar.

Cuando por fin entraron, algo nerviosas, a conocer lo que sería su futuro hogar. Era una casa preciosa, pequeña y acogedora. Los días siguientes los pasaron juntos colocando todas sus cosas.

La hora de regresar al colegio se acercaba y a Ana no la hacía demasiada ilusión.
En esos días ordenó sus libros, colocó todo en su estuche, y preparó su mochila.

La noche anterior no pudo casi dormir.

Al día siguiente se despertó temprano, se preparó  y ordenó todas sus cosas. Sus padres la acompañaron al colegio y la presentaron a su nueva maestra Pilar, que parecía alegre y muy divertida. Al sonar el timbre los padres de Ana se despidieron de ella. Pilar le dio la mano y subió a su nueva clase, junto al resto de sus compañeros.

Ya en el aula, Pilar presentó a Ana, y el resto se fueron presentando uno a uno.
Como era de esperar, una niña le preguntó que eran las cosas que llevaba en la cabeza. Ana explicó al resto que no podía oir, y que gracias a esos aparatos podía escucharles.

Pilar dio más explicaciones sobre lo que eran, y terminó diciendo, casi en susurros, que Ana tenía el super poder de oir la caída de un hoja y el llanto de un mosquito. Todos escuchaban entusiasmados y Ana hacía sonreir a todos.

Pilar también confesó que ella tenía el super poder de hacer reir a cualquiera, y para demostrarlo hizo cosquillas a la clase entera, que reía a carcajadas sin poder parar.

Pilar pidió a todos que pensaran que super poder tenían. Algunos enseguida descubrieron el suyo, como correr a gran velocidad. Dar grandes saltos, leer muchos libros, hablar sin parar, poner caras graciosas, … A los que no sabían qué decir, les ayudábamos a descubrir sus poderes, como ser el más silencioso, el más alegre, el más valiente, tener la mejor visión, …

Fue un día fantástico lleno de emociones y Ana estaba encantada con Pilar y sus compañeros.

Por la noche les contó todo a sus padres y estos se mostraron muy contentos con lo que su hija les contaba.

stop bullyingAna supo adaptarse enseguida gracias a una compañera que tenía el poder de conocer cada milímetro del colegio, sus rincones más secretos y el nombre de cada uno de los que allí convivían.

El primer trimestre pasó volando y disfrutaba descubriendo el poder que tenían todas las personas que venían al colegio. Todos los poderes eran alucinantes. Había veces que podías cambiar de un poder a otro, o incluso perderlo, pero enseguida se recuperaba.

Todas las personas eran maravillosas, aunque claro, Ana siempre pensaba que el poder más alucinante era el de ella porque era capaz de oir cualquier cosa, hasta el llanto de un mosquito.

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Nota de la autora:Iratxe Arranz Melchor

Como madre y maestra, animo a todos los adultos que busquen en cada niño, el super poder que tienen en su interior.
En septiembre los niños acuden al colegio, algunos por primera vez y otros ya son veteranos.

Nunca debemos de olvidar que está en nuestras manos hacer de su vida escolar, la mejor de las experiencias. Como padres debemos presentar al colegio como ese lugar lleno de maravillas por descubrir, y como maestra, tenemos la obligación de crear en nuestras aulas, la mejor de las aventuras.

Tenemos que ser sus “pilares” y asegurar el factor humano por encima de todo y hacer de las aulas un lugar donde los niños acudan entusiasmados.

En los tiempos que corren, creo que lo más importante es enseñarles a vivir cooperando y no compitiendo entre ellos.

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